Las heridas de la infancia

No tengo duda de que todos arrastramos heridas de la infancia que han repercutido en nuestra manera de ser, o de ver el mundo; que, de una forma u otra, han hecho que nos comportemos a lo largo de nuestra vida guardando temores, complejos o sinsabores que, aunque a veces no somos capaces de localizar la fuente, si nos atrevemos a hacer un viaje a nuestra infancia o juventud, lo terminamos encontrando.

Recuerdo una vez, estando en octavo de EGB (si, ya tengo una edad), que el profesor de lengua planteó escribir en la pizarra la palabra «Hedionda»; claro, él quería saber si sabíamos escribirla correctamente.

Algunos compañeros, y compañeras, fueron saliendo voluntariamente a la pizarra y la iban escribiendo, todos la escribieron del siguiente modo «Jedionda» o «Gedionda».

Yo estaba nerviosa, ¡quería salir a la pizarra!, sabía que estaban equivocados y que se escribía con «H», ya que siempre me ha gustado mucho la lectura y me había topado con dicha palabra.

Así que llegó mi momento, ¡Salí a la pizarra! y con toda seguridad escribí «Hedionda»……

La clase en peso se río de «mi ignorancia», se burlaron y me trataron de loca. El profesor los dejó hacer, y yo frente a la clase, mirando a todas aquellas personas que se reían de mí….y pensaba «por qué el profesor no dice nada».

Seguramente serían segundos, pero a mí me pareció una eternidad.

De repente el profesor, cuando ya bajó el volumen de las risas y carcajadas, les dijo «sus risas muestran el nivel de su ignorancia, como lo ha escrito su compañera es la forma correcta»….todos palidecieron, pero yo no pude sentirme contenta….

Realmente eso conllevó en mi vida que no quisiera participar más en clase, presentarme voluntaria a dar una respuesta, o exponer algún tema en público.

Desató una «vergüenza» en mí que me ha durado años y que influyó negativamente, incluso a la hora de levantar la mano para hacer una pregunta de algo que no entendía, por miedo de ser la única que no lo entendiera y parecer «tonta» delante de mis compañeros/as.

Ahora, desde luego, haría otra lectura.

Me sentiría orgullosa de mí, y no me dejaría influenciar por los demás, incluso estaría agradecida de levantar la mano y no saber algo, porque ello denotaría un afán de querer aprender.

Aunque conllevó durante años esa respuesta negativa en mí, temblar al hablar en público, miedo a exponerme, retraimiento y timidez durante bastante tiempo, también me enseñó a respetar a los demás, a no dar nada por malo o por bueno sin estar segura y, desde luego, a no reirme de nadie durante una intervención o trás ella.

Por ello es importante también, que cuidemos como reaccionamos cuando, por ejemplo, un hijo/a, o una persona joven, viene a exponernos algo que nos parece «absurdo», o cuando empieza a atreverse a hacer debates o dar opiniones en reuniones de adultos, nunca reirse, o hacerle parecer que está diciendo tonterías, es una buena opción para la madurez que está desarrollando.

¿Y tú, reconoces alguna herida de tu infancia que haya marcado tu carácter o tus relaciones?

¿Has podido hacer de dicha herida una lectura positiva, aparte de la negativa que te provocó?

Cuéntamelo en comentarios, y dime si te gusta.

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